Apuntes sobre el origen del lenguaje

Durante muchos años, la búsqueda del origen del lenguaje se identificó con la búsqueda de la “primera lengua”, la lengua original de la que manasen el resto de las lenguas. Mientras para unos, desde un punto de vista teológico, ésta sería la lengua empleada por Adán (Génesis, 2:19) para nombrar a “toda bestia del campo, y toda ave de los cielos”, para otros, sería la vía para garantizar la primacía política.

A pesar de que López (2010) nos da tres propuestas para resolver el origen del lenguaje, aportadas desde otros campos científicos: la genética-biológica – línea cognitivista- (el lenguaje surge como una consecuencia de la complicación de sus genomas), la física (el lenguaje surge en el cerebro como forma derivada de la complejidad de sus circuitos cerebrales) y la sociológica – línea funcionalista- (el lenguaje surge en las sociedades de homínidos por la complejidad de sus relaciones); en nuestro acercamiento partimos de la propuesta de Luque (2002) para presentar una visión global de las seis teorías  más conocidas sobre los orígenes del lenguaje:

a) Teoría bíblico-mitológica.

b) Teoría onomatopéyica, o teoría de guau-guau  (wow-wow). Según la cual, el origen del lenguaje se explica por imitación de los sonidos naturales.

c) Teoría pooh-pooh de Max Müller. Según la cual, el lenguaje tuvo su origen en los gritos o interjecciones del animal humano.

d) Teoría yo-he-ho (hip-hip-hoo) de Noiré. Según la cual, el lenguaje se originaba en actos de trabajo.

f) La teoría gestual (los gestos precederían al lenguaje hablado).

g) Teoría del gesto bucal de Piaget. El lenguaje fue en sus orígenes gestual. Dichos gestos, realizados por las manos, cuando no podían ser reproducidos por éstas, eran imitados por movimientos o posiciones bucales.

1.1 La búsqueda de la “primera lengua”

En una línea que podríamos identificar con la hipótesis innativista de Noam Chomsky, según la cual el lenguaje es un objeto natural, un componente de la mente humana, físicamente representado en el cerebro y que forma parte de la dotación biológica de la especie; en la búsqueda histórica de la “primera lengua” se acometieron diversos estudios pseudocientíficos en los cuales se pretendía, empleando niños en situación de privación de comunicación verbal, registrar la primera locución instintiva que éstos emitiesen.

Herodoto de Halicarnaso, en el segundo de sus cinco volúmenes de su obra Historia, el dedicado a Euterpe -musa de la música-, relata los métodos practicados por el faraón egipcio Psamético II:

Queriendo aquel [Psamético] rey averiguar cuál de las naciones había sido realmente la más antigua, […] tomó dos niños recién nacidos de padres humildes y vulgares, y los entregó a un pastor para que allá entre sus apriscos los fuese criando de un modo desusado, mandándole que los pusiera en una solitaria cabaña, sin que nadie delante de ellos pronunciara palabra alguna, y que a las horas convenientes les llevase unas cabras con cuya leche se alimentaran y nutrieran, dejándolos en lo demás a su cuidado y discreción. Estas órdenes y precauciones las encaminaba Psamético al objeto de poder notar y observar la primera palabra en que los dos niños al cabo prorrumpiesen, al cesar en su llanto e inarticulados gemidos. En efecto, correspondió el éxito a lo que se esperaba. Transcurridos ya dos años en expectación de que se declarase la experiencia, un día, al abrir la puerta, apenas el pastor había entrado en la choza, se dejaron caer sobre él los dos niños, y alargándole sus manos, pronunciaron la palabra becos. […] El mismo Psamético, que aquella palabra les oyó, quiso indagar a qué idioma perteneciera y cuál fuese su significado, y halló por fin que con este vocablo se designaba el pan entre los frigios.  (Herodoto, 1984:144)

Éste relato que nos puede resultar cómico, fuese o no bekos un sonido onomatopéyico que imitaba el balido de las cabras con las que se alimentaba a los niños, no está tan lejos de nuestra realidad. Los estudios en búsqueda de la “primera lengua”, el “solo idioma” que, al parecer, se hablaba en toda la tierra (Génesis, 11:1), han sido si no igualmente ridículos, al menos, sí igualmente infructuosos. Edwards (2009) nos da una muestra de esta obsesión:

Un escritor del siglo XVII argumentó que Dios habló en castellano a Adán, que el demonio le habló en italiano y que, posteriormente, Adán y Eva pidieron perdón a Dios en francés. Algunos estudiosos persas pensaban que Adán y Eva hablaban en su propia lengua, que la serpiente habló en árabe y que Gabriel hablaba turco. (Edwards, 2009: 27-28)

La primera referencia al uso del lenguaje que tenemos en la Biblia se refiere a la capacidad de verbalizar los deseos divinos mediante la expresión “y dijo Dios” (Génesis, 1:3), una lengua que es conocida y empleada por Dios en las orientaciones a sus criaturas.

[1:27] Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. 
[1:28] Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. 
[1:29] Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer. 
[1:30] Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así. 
[1:31] Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto. (Génesis 1:27-31)

Morris (2001) cita el libro del Éxodo (4:11): “Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿o quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová?” y culmina el acercamiento al origen bíblico del lenguaje en los siguientes términos:

Fue Dios quien, como la Eterna Palabra, creó la maravillosa herramienta del lenguaje humano con la boca, la lengua y todo el intrincado complejo bucal y el aparato mental para hacer uso de él. Es razonable pensar que Dios dotó de lenguaje al hombre para poder revelarle su Palabra y poder este responderle con fe y alabanza. (Morris, 2001)[1]

Con los textos bíblicos en la mano en los que en los momento previos a la construcción de la torre de Babel, se nos dice que “en ese entonces se hablaba un solo idioma en toda la tierra” (Génesis 11:1), se quiso entender que el hebreo, como lengua del Antiguo Testamento, era esta “primer lengua”. Según nos relata Ajuriaguerra (2004), por boca del cronista Salimbeni, el emperador Federico II (1194-1250) emulando a Psamético, somete a varios niños a un proceso de privación afectiva con intención de “saber si estos niños hablaban hebreo, griego, latín o árabe”, con un resultado desastroso. Salimbeni observa que la ausencia de la “canción de cuna” -como símbolo del instinto primario de necesidad afectiva del niño-, es un motivo por el cual podrían haber fallecido todos los niños del experimento.

La segunda locura de Federico fue que quiso saber qué tipo de lengua y qué forma de hablar tendrían los niños cuando hubieran crecido si antes no habían hablado con nadie. Ordenó a las nodrizas y a las niñeras que lactasen a los niños, los bañasen y lavasen pero sin charlar con ellos ni hablarles de ninguna forma, porque quería saber si estos niños hablaban hebreo, que era la lengua más antigua, griego, latín o árabe. Sus intentos fueron vanos porque todos los niños murieron ya que no podían vivir sin las caricias, las caras alegres y las palabras de amor de las nodrizas. Por ello se llama canción de cuna la canción que canta una mujer cuando balancea la cuna para dormir al niño, sin esta canción un niño duerme mal y no reposa. (Ajuriaguerra, 2004: 462)

Los estudios realizados en la búsqueda de la “primera lengua” no han dado fruto alguno. La cuidada metodología de estudio aplicada por Itard en la evolución de las capacidades sociales y lingüísticas de Víctor, “el niño salvaje” de Aveyron (1799), uno de los aproximadamente 40 casos de hombres ferales registrados (Bruna, 2007:35) fracasaron. Víctor, frente a Emilio – el buen salvaje e Rousseau – no solo desconocía totalmente el hebreo sino que profería todo tipo de gruñidos, y evidenciaba su condición de salvaje en las reuniones parisinas de sociedad[2]. (Bartra, 1997: 205)

Salvo el descubrimiento de la existencia de unos períodos críticos en el desarrollo del sistema nervioso durante los cuales es necesaria la estimulación ambiental para la consolidación de los mecanismos neuronales responsables de las diferentes funciones cerebrales (Bruna, 2007: 36), las investigaciones sobre los hombres “ferales” han resultado infructuosas en la búsqueda de una “primera lengua”. A lo más que podemos aspirar es a considerar que el lenguaje participa en su evolución, de cierto mimetismo, de cierta imitación del entorno, como bien expone Janer Manila (1979) en su tesis sobre el niño Marcos Rodríguez Pantoja:

“Marcos aprende el lenguaje –a partir de las formas lingüísticas que domina- del lugar donde habita: los ruidos con los que identifica los diversos animales, el canto de los pájaros y el grito del ciervo, los ruidos con los que está convencido que se entendía con la zorra, con los lobos y con la serpiente” (Janer-Manila, 1979: 95).

Sin embargo la mimesis no supone la intuición en la generación del lenguaje. Sapir (2004) rechaza el carácter intuitivo partiendo de que la mentalidad popular, bajo el impulso de la emoción –por ejemplo, de un dolor agudo y repentino o de una alegría sin freno-, emite “involuntariamente ciertos sonidos que quien los escucha interpreta como indicadores de la emoción misma”. Esta expresión es instintiva, pero no simbólica. El sonido emitido al sentir dolor o alegría no indica, en cuanto a tal sonido, la emoción sino que sirve de expansión más o menos automática de la energía emocional. Asimismo rechaza en sentido estricto los “órganos del habla”; lo que hay son sólo órganos que, de manera incidental, pueden servir para la producción de los sonidos del habla, de modo que el habla es una función adyacente.

La capacidad mimética en la adquisición del lenguaje es la raíz de la querella entre conductistas, innatistas, constructivistas e  interaccionistas (Serra, 2008:158)

Tradicionalmente se ha considerado, desde las posturas conductistas más extremas, que los niños aprenden a hablar, exclusivamente, por la imitación del lenguaje que oyen en su entorno. […] Sin embargo, los innatistas consideran que el input o el modelo del entorno sirve, a lo sumo, para desencadenar el proceso de adquisición del lenguaje, desempeñando la imitación, un papel irrelevante en el proceso de adquisición del lenguaje. Finalmente, los constructivistas representan una postura más matizada, dado que consideran que la imitación representa un logro y una estrategia importante en la medida en que la capacidad de imitar modelos nuevos y más complejos aumenta con la edad de los niños. […] Desde una perspectiva cognoscitiva la imitación se ha considerado como un prerrequisito del desarrollo, en general, y también como una estrategia útil para el aprendizaje del lenguaje. Desde una postura interaccionista, algunos autores subrayan que las diferencias observadas entre los niños en cuanto a la tendencia a imitar depende, en gran medida, de las preferencias que tienen las madres por imitar a sus hijos (los niños que imitan las producciones de los demás son niños cuyas madres suelen imitar las producciones lingüísticas de sus hijos. (Serra, 2008:158)

La carente objetividad de los datos otorgados y la diversidad de opiniones al respecto del origen del lenguaje, así como la sensación de inseguridad, sentida y compartida por la mayoría de los lingüistas de aquella época, a la hora de abordar un asunto que todos los investigadores consideraban sumamente delicado desde el punto de vista teórico e inaccesible desde un punto de vista empírico. (Elvira, :9)hace que en los estatutos de 1866, la Sociedad Lingüística de Paris, en su segundo artículo, resuelva no admitir ninguna comunicación que verse sobre el origen del lenguaje ni sobre la idea de un lenguaje universal (Art. 2. – La Société n’admet aucune communication concernant, soit l’origine du langage~ soit la création d’une langue universelle).

La Academia de Ciencias de Nueva York reabre el debate organizando un congreso multidisciplinar. Se considera que ese año marca el punto de partida de la investigación contemporánea sobre los orígenes del lenguaje. El móvil que justifica esta resurrección era la llamada revolución cognitiva, que situaba el lenguaje en un contexto biológico, junto con un modelo computacional de gramática y un planteamiento crítico hacia la psicología conductista (Ángel Alonso Cortés)

Lo que supone una pausa en la investigación lingüística sobre el origen del lenguaje, abre las puertas a otros campos científicos para plantear sus hipótesis al respecto y, en estos orígenes, se empieza a dibujar el concepto “música” como parte misma de la evolución.


[1] “It was God who, as the eternal Word Himself, created the marvelous gift of human language along with the mouth and tongue and all the intricately complex vocal and mental apparatus with which to use it. It is eminently reasonable to conclude that God’s gift of language to man was so that He could reveal His Word and will to us and that we could then respond in faith and praise to Him”.

 

[2] En algún momento el joven salvaje inevitablemente fue invitado al exquisito salón de la bella madame Récamier, donde se solía reunir la élite política e intelectual de la época. La baronesa de Vaudey cuenta lo que sucedió el día que se presentó el joven salvaje, acompañado del doctor Itard: “Madame Récamier lo sentó a su lado, pensando tal vez que la misma belleza que había cautivado al hombre civilizado recibiría un homenaje similar de esta criatura de la naturaleza”. Nada de eso sucedió; Víctor se dedicó a devorar su comida y ni siquiera miró a la hermosa dama que lo acompañaba. En cuanto los asistentes se distrajeron […] el joven salvaje aprovechó el momento para escapar a los jardines, donde con rapidez se despojó de su vestido y completamente desnudo se subió al árbol más cercano. (Barta, 1997: 205)

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